En el Guamo un salón de clases de la institución educativa Técnica La Chamba, se transforma cada día en una fortaleza en donde la imaginación y la creatividad de los estudiantes, se encargan de preservar un legado ancestral que gira en torno al barro.

De sus pequeñas manos, constantemente surgen elementos decorativos y utensilios como vasijas, máscaras, alcancías, platos, entre otra variedad de objetos, que perfectamente pueden competir con las artesanías de cualquier lugar del país.

Al ingresar al aula, se percibe la alegría y el entusiasmo de crear una pieza que en algún momento tomará alas y saldrá de La Chamba, para llegar tan lejos como los sueños de los niños.

En total son 250 menores que conforman ‘Semillitas de barro’, una propuesta del Sena que involucra en una cadena productiva a los estudiantes del grado preescolar hasta el undécimo.

Umbelina Rojas Ibargüen, líder del programa de articulación del Centro de Comercio y Servicios, explicó que la apuesta del Sena es que los jóvenes conserven su cultura y a la vez obtengan una doble titulación como bachiller Académico y Técnico en Ventas de Productos y Servicios.

“Cogemos los niños más pequeños y trabajamos con ellos la cultura ancestral, para que no se pierda”, comentó la líder.

 

La historia detrás del barro

Nicolás Alberto Prada Avilés estudiante de octavo grado, dijo que tiene como meta ir a la universidad, pero hace claridad en que no dejará de fabricar artesanías en su casa.

Sentado frente a un mesón, empieza a explicar la ‘receta’ para elaborar la arcilla, la cual tiene como base la mezcla de los barros de tipo liso y arenoso, asimismo, Nicolás precisa que no se puede olvidar el barniz.

A su lado, tiene dos figuras grandes de un hombre y una mujer indígena, que representan al cacique Catufa y a su hija Lemayá, según la cosmovisión indígena, ellos le dieron origen al rojo intenso del barniz, materia prima que aporta a la perfección de la pieza y a su protección.

Nicolás explicó que en la época colonial Catufa era un fuerte opositor de los españoles, por lo que hubo enfrentamientos, “cuenta la historia que Lemayá fue raptada por los españoles y la violentaron, luego la entregaron sin vida a Catufa.

“Cuando él vio lo que le hicieron a su hija, se fue para el otro lado del río Magdalena, allí se clavó una daga en el corazón, de ahí nosotros decimos que el barniz es la sangre de Catufa”, narró el estudiante.

Y es con esta ‘sangre’ que se bañan las piezas como paso previo a la etapa de brillo, luego se ponen al sol y se vuelve a brillar con una piedra ágata.

“Cuando está seca, se lleva al horno que puede ser de gas o de leña y adentro se usa canecas. Luego, se les echa hojas o cascarilla de arroz para que se ahúmen, el ahumado es el que le da color negro a la vasija sino queda roja”, explicó Nicolás.

Su compañera Julieth Calderón Zabala cursa sexto grado y dijo que en su caso le gusta trabajar mucho con el barro y hacer especialmente alcancías en forma de gallinas, al igual que, a Laura Avilés Prada de 11 años, quien crea moldes para cazuelas y diferentes figuras, “no es difícil trabajar en el barro, nos gusta trabajar animales para decoración y alcancías”, comentó.

Más que una clase a la que deben asistir para alcanzar un logro o una calificación, los niños de La Chamba y de veredas cercanas como Chipuelo y Serrezuela, llegan con la motivación de aprender a manejar con destreza el barro, así como lo hicieron hacen sus padres y sus abuelos.

A pesar de la dedicación de los niños y el apoyo que tienen para avanzar en el aprendizaje, cargan con varias preocupaciones como la falta de agua potable, de baños adecuados, asimismo, ven cómo el cielo raso de su salón se está cayendo por partes, y en plena era digital padecen por la falta de acceso a la internet.

Todas estas inquietudes fueron compartidas con Juliana Márquez Tono, madre del presidente Iván Duque Márquez, a su paso en agosto por esta localidad.

Igualmente, le comentaron que “en el colegio hay un pozo, pero no podemos tomar agua de ahí. El líquido es sucio (solo) sirve para lavar, pero la ropa blanca queda amarilla, sirve para los baños, para regar matas pero para el consumo humano no, nos enfermamos”.

Por su parte, Luz Mariel Rodríguez Homez, instructora del Sena comentó que el tema del agua es esencial para la comunidad en general.

“En la institución no contamos con agua potable, los niños aguantan sed, deben esperar hasta que llegue el señor de la tienda a las 9 a.m.”

La docente agregó, que aunque se cuenta con unidades sanitarias y un tanque, no dan la utilidad esperada porque el preciado líquido llega por una hora al día.

A pesar de las adversidades, el total de los estudiantes hacen su mayor esfuerzo para asistir cada día, “los niños de grado cero hasta los 14 años son felices trabajando el barro, quieren crear, llegan al colegio y no se quieren ir. De la mano de ellos, está el futuro de nuestra comunidad artesanal”, dijo la profesora.

 

La necesidad de agua para crecer

Además de las dificultades sociales, de sostenibilidad y de salud que genera la falta de agua potable, también, se estaría dejando escapar una iniciativa liderada por Artesanías de Colombia, que es vista como una oportunidad de crecimiento para los artesanos.

Se trata de desarrollar un laboratorio de innovación y diseño con ‘Semillitas de barro’, idea que tiene como objetivo articular acciones, actores y recursos locales en función del desarrollo de la actividad artesanal.

Y como valor agregado, se busca incentivar en los niños y adolescentes un trabajo de salvaguardas de una cultura y legado ancestral.

Sin embargo, a pesar del potencial que hay en ‘Semillitas de barro’ el proyecto está estancado y sin ejecutarse. Hecho que obedecería, según explicación de Ana María Fries Martínez, gerente General de Artesanías de Colombia, a que hace falta una de las materias primas que es el agua.

La situación se convirtió en un motivo más de reclamo de las comunidades de La Chamba para exigirles a los gobiernos local y departamental llevar a esta población del Guamo el preciado líquido.

 

La experiencia definitivamente, no se

improvisa  

Recorrer las calles de La Chamba es encontrarse con un bello legado que ha sobrevivido a la modernidad. En diferentes familias hay niños, jóvenes, adultos y abuelos que hacen parte de la cadena de producción artesanal.

Detrás de cada pieza, se encuentran relatos que involucran varias generaciones que han logrado traspasar las barreras del tiempo y proteger una herencia cultural.

 

La historia de ‘doña Carmen’

 
“No me gustan las fotos, lo voy a sacar a carrera, para eso tengo una macheta. La tengo lista para cuando el chucho llegue”, es lo primero que dice Carmen Rosa Avilés cuando escucha el sonido de la cámara fotográfica.
Sentada en el zaguán de su casa, va puliendo una a una las ollas que tiene en fila para despachar. Con su vestido de flores recogido por un lado, cuenta que desde los 10 años empezó a aprender este oficio.
“Mi mamá hacía ollas, (en esa época) se hacía areperos, unas cosas para tostar café y chocolate, uno los ayudaba alisar”.
Recordó que cuando era niña no era fácil encontrar vasijas de aluminio, por lo que el barro terminó supliendo las necesidades de la cocina.

Al pasar los años, logró que su mamá Maruja le diera permiso para ir a recibir clases y lograr perfeccionar nuevas técnicas, con el compromiso de que no fuera a perder el tiempo.

Comentó que son contados los abuelos que trabajan en la elaboración de objetos partir del barro en La Chamba.
Y en cuanto a las ventas, comentó que hay compradores que quieren “bueno, bonito y barato”, asimismo, que existen algunos clientes que compran en alto volumen pero lo negocian a muy bajo precio. “Uno que vive de esto, que no tiene riquezas, ¿qué puede hacer?”.

Mientras habla, la abuela de 80 años, protege la arcilla y las artesanías del viento, pues la fuerte brisa puede echar a perder todo el trabajo. “Uno tiene que estar pendiente a eso, tapando, con ropa vieja que ya no se usa”, explicó.

 

La función de una alisadora

Uno de los eslabones en esta tarea, es lograr que cada objeto quede con un liso perfecto, sin poros, ni imperfecciones o fisura alguna.

Ana Leonor Avilés una abuela de 88 años, cumple esta función en la familia Avilés Rodríguez pues el paso de los años le limitaron sus destrezas, a lo que se le suma que desde hace ocho años, cuando quedó viuda, su inspiración y motivación desapareció.

Ahora, su tarea es alisar y brillar las piezas que hace su familia. Recordó que siempre trabajaron en equipo, también que les enseñó a sus hijos el oficio a temprana edad.

“Fueron 15 hijos los que Dios me regaló y se me criaron 11. Siempre fui trabajadora y salimos adelante con las artesanías.
“En esa época no había hambre como hoy en día, todo era más barato”, dijo.

Mencionó que su fuerte eran las tinajas grandes, las múcuras y las ollas, las cuales se despachaban a diferentes partes del país. Comentó que ahora su salud, le permite “alisar, pero cuando no hace tanto viento”. Entre risas contó que tiene más de 50 nietos, nueve bisnietos y dos tataranietos.

A medida que pasan los minutos sus manos hacen girar con delicadeza y firmeza los areperos. Mientras narra sus experiencias, pule la artesanía y va quedando tan lisa, que casi alcanza la perfección quedando lista para llevarlas al horno.

Su hija Sandra Patricia Rodríguez contó que son siete integrantes de la familia los que se dedican a este oficio. Precisó que en su caso, su fuerte son los tiestos de las arepas, aunque también crea bandejas y cazuelas.

 

“No es no más hacer esto”

Ana Senaida Avilés es otra abuela que tiene como sustento la producción artesanal. Indicó que comenzó como brilladora pero con el paso del tiempo fue aprendiendo más de un oficio que requiere de mucha dedicación.

“Hace poco me comentaron que habían comprado una cazuela de barro y se pusieron a hacer sancocho y la olla se les desvaneció. Esto hay que dejarlo muy bien quemado para que cualquiera pueda ocuparlo y no se dañe, no es no más hacer esto”.

En la sala de su casa acompañada de música, va sacando las vasijas en serie, las cuales tapa con gran cuidado. Explicó que primero diseña un cuadro en barro, luego espera a que de punto para darle la forma deseada y luego se pone a secar, finalmente pasa a poner el aro o la agarradera.

“Hay que taparlas, porque ellas se secan y hay que tener cuidado para que no se partan, porque qué hacemos con trabajar y botar todo después”.

Comentó que fabrica platos y bandejas de distintos tamaños, los cuales terminan pareciéndose a la cerámica por la delicadeza con la que las crea, “ya no me gusta hacer los platos que parecen de loza porque brego mucho por los años y el tiempo”.

Expresó que solo espera que las nuevas generaciones realmente aprendan de este arte, aunque confesó que teme que se pierda. “A la mayoría (de los jóvenes) no les gusta este trabajo, además, empiezan a salirse y van dejándolo a un lado y si aprenden, solo es a brillar”.

 

Dato

Desde hace más de 300 años los pobladores de esta vereda se han dedicado a la alfarería y sus conocimientos han pasado de generación en generación.

 

Dato 

El Sena creó en 2018 Semillitas de Barro y la Feria Chambatizate como estrategias de preservación de una cultura ancestral y comercialización de la producción.

EL NUEVO DÍA